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(IVÁN): PACIENCIA

by valarezo@[EMAIL PROTECTED] (Elio Valarezo) Jan 16, 2007 at 02:23 PM

Sábado, 13 de enero, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, 
Ecuador - Iberoamérica 


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) 



PACIENCIA

Nuestra paciencia ha descendido de nuestro Padre Celestial para ser parte 
de nuestro carácter humano, ya que hemos sido formados en su imagen y 
conforme a su semejanza divina, por ejemplo. Por lo tanto, es una de 
nuestras mejores virtudes como hombres, mujeres, niños y niñas de toda la 
tierra, para poderla usar junto con el espíritu de fe, del nombre sagrado 
de nuestro Señor Jesucristo, para comunicarnos siempre con nuestro Dios
que 
está en los cielos y así nunca perder ninguna de sus ricas bendiciones.

Por esta razón, es muy bueno aprender a esperar en nuestro Dios, para 
recibir diariamente cada una de las cosas que necesitemos en nuestras 
vidas, ya que sólo él es dueño del cielo y de la tierra. Por lo tanto,
sólo 
Él es "el soberano" de todas las cosas que están en ellos, para bien de
sus 
criaturas y para finalmente glorificar su nombre santo cada vez más y más,

delante de su presencia santa en toda su creación infinita.

A través de los tiempos, de la vida de la humanidad entera sobre la
tierra, 
podemos ver que Dios siempre ha sido paciente para con todos nosotros: no 
juzgándonos por nuestros pecados inmediatamente de haberlos cometido, para

entregarnos al juicio final de la muerte en el infierno, por ejemplo, sino

todo lo contrario. Nuestro Dios nos ha enseñado por su palabra: la 
importancia de esperar en él, por todas las cosas, grandes o pequeñas, en 
su espíritu de virtud divina, para engrandecer el espíritu de fe, de su 
nombre sobrenatural, el de su Hijo amado, en nuestros corazones y en 
nuestras almas eternas, también.

Porque es importante para nuestros corazones aprender por siempre a
cumplir 
con la verdad y con la justicia redentora para nuestras almas viviente de 
nuestro Padre Celestial que está en los cielos, por medio del espíritu de 
la sangre de su pacto eterno, de su Hijo amado, Jesucristo, para cada uno 
de nosotros, en toda la vida de la tierra. Por eso, hemos sido sufridos, 
tolerando toda adversidad del enemigo eterno, Lucifer, en nuestras vidas, 
para no tanto lamentarnos de nuestros males, sino para vencerlo día tras 
día con la victoria infinita de nuestro salvador celestial, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Porque el Señor Jesucristo ya venció al enemigo de Dios y a cada uno de
sus 
secuaces en su altar eterno, en las afueras de Jerusalén, en Israel, al 
derramar su vida santísima sobre la cruz de la vida seca del hombre, como 
Adán y como cada uno de sus descendientes, por ejemplo, en toda la tierra.

Por lo tanto, el Señor Jesucristo derramo su sangre santa gota a gota, sin

que nadie se la quitase sino que la dio por amor a nosotros, llena de vida

para la humanidad entera, en esta vida y en la venidera, también, para que

aprendamos a vivir con nuestro Dios, libre de los males eternos del pecado

original. 

Por ello, todo lo que Dios nos ha prometido en su paciencia celestial para

con todos nosotros, en toda la tierra, entonces lo ha escrito por amor a
la 
paciencia infinita de la gracia de su Jesucristo, para bien de la
humanidad 
entera, como hoy en día contigo y con los tuyos, también, mi estimado 
hermano y mi estimada hermana. Porque nuestro Dios nos ha amado desde 
siempre, con el espíritu de su paciencia divina, siendo misericordioso con

nosotros, siendo fiel con nosotros, siendo amoroso con nosotros, cuando 
realmente caminábamos cada vez más lejos de su fruto de vida eterna, su 
Hijo amado, el Señor Jesucristo, como Adán y Eva, en el paraíso, por 
ejemplo. 

Pero Dios nos amo, como nuestro único Padre Celestial que tenemos en los 
cielos, porque en nosotros está su imagen y su semejanza santa, para vivir

su vida, la de su Hijo amado, la de su Árbol de vida y de salud eterna, el

Señor Jesucristo. Y por esta razón más que ninguna otra, nuestro Dios ha 
sido por siempre paciente para con cada uno de todos nosotros en toda la 
tierra, sin perder jamás la esperanza en su corazón santo de volvernos a 
ver, en el cielo, en el paraíso otra vez, pero esta vez para quedarnos con

él y con su Árbol de vida. 

Viviendo en su vida celestial y perfecta juntos con él y con sus huestes 
celestiales en el más allá o en su nuevo reino celestial, como La Nueva 
Jerusalén Santa e Infinita del cielo, por ejemplo. Y por esta razón, su 
palabra y su amor infinito se mantienen permanentes, fuertes, fieles hacia

cada uno de nosotros, su virtud cristiana, en nuestros millares, en toda
la 
tierra, como en el principio de todas las cosas, por ejemplo, de los que 
esperamos en Él y en su nueva vida celestial, del nuevo reino de los 
cielos.
 
Puesto que, todo lo que ha sido escrito en el cielo por Dios mismo, 
realmente, ha sido para el bien de sus hijos e hijas de la humanidad 
entera, para que ellos tengan por escrito cada una de sus promesas de 
perdón, bendición y de salvación, para sus almas, en la tierra y en el 
cielo, también, hoy y siempre. Además, para que sus hijos e hijas de todas

las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero, 
siempre tengan por entendido en sus corazones, de que su Dios ha de estar 
en cada momento de sus vidas, para ayudarlos a salir bien, en las buenas y

en las malas. 

Es decir, para bendecirlos siempre, a cada uno de ellos, en sus millares, 
por toda la tierra, perdonando sus pecados y sanando sus almas y sus 
cuerpos, de todos los males del pecado, por medio de la vida y del
espíritu 
glorioso y sobrenatural, del nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo. Y aquí, Dios desea encontrarse contigo, mi estimado hermano y 
mi estimada hermana, para que entiendas en tu corazón eterno, de que tu 
Dios te ama con gran paciencia, en lo profundo de su corazón, por amor al 
espíritu de la sangre bendita, de su Árbol de vida eterna, en el cielo y
en 
la tierra, también. 

Y así entonces Él mismo entregarte sus muchos dones de su Espíritu, llenos

de milagros, de maravillas y de prodigios celestiales y terrenales, de los

que han de enriquecer tu vida, para que la vivas cada vez mejor que antes,

ante Él y ante sus huestes de ángeles gloriosos, del reino de los cielos, 
por ejemplo. Porque su nombre santo verdaderamente está en juego aquí, de 
gloria y de pureza eterna, en tu corazón y en tu alma viviente, también, 
para que sea por siempre honrado, en la tierra y en el cielo, con todos
sus 
ángeles santos y eternos, del más allá. 
 
Por lo tanto, tú eres muy importante y hasta quizás mucho más importante 
que todos los ángeles del reino de los cielos, en el más allá. Porque Dios

jamás envió a su Hijo amado, en la paciencia de su Espíritu Santo, ha
vivir 
la vida de Israel, para luego entonces morir por los ángeles sobre la roca

eterna, de su altar infinito, sino que lo hizo por ti y por todos los 
descendientes de Adán del paraíso, comenzando con la misma Casa de Israel,

por ejemplo. Porque la gran paciencia de Dios y de su Espíritu Santo se ha

manifestado en gran medida espiritual, en la vida de los descendientes, de

Abraham, Isaac y de Jacobo, por ejemplo, para que la humanidad entera 
conozca de su amor supremo y de su gran paciencia, de amor y de salvación 
eterna, de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Es por esta razón, de que Dios ha escrito mucho de su amor eterno para con

su Hijo amado y su Espíritu Santo de antemano, mucho antes de que crease
al 
hombre de la tierra. Y nuestro Dios realmente ha escrito todas y cada una 
de sus muchas promesas de vida y de felicidad eterna, sin dejar a ninguna 
de ellas, fuera de sus libros santos, no para los ángeles del reino de los

cielos, aunque ellos también tienen sus libros escritos por Dios para el 
bien de sus vidas, sino para ti, hoy mismo. 

Si, para ti, mi estimado hermano y mi estimada hermana, en toda la tierra,

Dios ha escrito muchas promesas de vida y de salud infinita, para que en
la 
paciencia de su Espíritu, entonces tú aprendas a confiar en Él, como el 
único Dios de tu vida infinita, en la tierra y en el paraíso, hoy y por 
siempre. Para que te bendiga y te ayude por siempre en la vida misma de su

Hijo, el Señor Jesucristo, porque nuestro Dios no tiene "otro modo o
manera 
de perdonar" tus pecados, de sanar tu alma y de hacer tu corazón feliz, en

al tierra y en el paraíso, sino no es por medio de su fruto de vida 
infinita. 

Y éste fruto de vida eterna, el cual Dios se lo presento (o predico) a 
Adán, es su Hijo amado, el Cristo de Israel y de la humanidad entera, hoy 
en día y por siempre, en su nueva vida celestial con el hombre y con su 
humanidad infinita de siempre, por ejemplo. Y es por eso, que hoy más que 
nunca, tú (y así como los tuyos, también) necesitas del perdón de Dios y
de 
las muchas y ricas sanidades sobrenaturales, de los dones de su Espíritu 
Santo y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. 

Sanidades sobrenaturales de la vida santa del mismo reino de los cielos,
no 
tanto de ángeles sino de los hombres y mujeres de Dios, de las cuales ya 
han descendido en el nacimiento y en la vida santa de nuestro salvador 
eterno, para obrar día y noche en nuestras vidas, en la tierra y en el 
paraíso, también, para siempre. Porque así como el enemigo jamás se cansa 
de trabajar en contra de nosotros, para atacarnos incansablemente, hasta 
hacernos tanto daño que nos hace perder muchas cosas en nuestras vidas y 
hasta nuestras mismas vidas, a veces, entonces nuestro Dios es constante y

paciente, también, para con nosotros, para ayudarnos en todo y sin jamás 
alejarse de nosotros por nada. 

Entonces si esperamos por lo que no vemos (y hasta por lo que no
conocemos) 
en cada momento de nuestras vidas, entonces Dios nos va a bendecir, desde 
ya, con grandes poderes sobrenaturales de su vida santa y de su Árbol de 
vida eterna, su Hijo, para concedernos en gran medida espiritual, cada uno

de los "deseos" de nuestros corazones. Puesto que, Dios ha enviado a su 
Hijo, en el espíritu de su paciencia infinita, porque para nuestro Dios 
lidiar con cada uno de nosotros, entonces se necesita paciencia divina y 
sobrenatural, por razones de nuestros pecados y por nuestra manera de 
pensar y de proceder en nuestras vidas, también, sin el pleno conocimiento

de Jesucristo, como debería ser siempre. 

Ya que, la verdad es que no conocemos a Jesucristo en nuestros corazones, 
como deberíamos, en su luz y en su sabiduría perfecta (o deidad infinita).

Y si no conocemos a Jesucristo en nuestros corazones y en nuestras vidas, 
pues entonces menos vamos a conocer a nuestro Dios y Padre Celestial que 
está en los cielos. Es más, jamás podremos conocer nada de nada, de lo que

es de Dios ni de ninguna de sus cosas gloriosas o de sus muchas promesas
de 
vida y de salud infinita, de los dones sobrenaturales de su Espíritu
Santo, 
obrando en el paraíso y en toda la tierra para bien nuestro. 

Es decir, de los dones milagrosos, maravillosos y prodigios para
enriquecer 
nuestros corazones y para dar vida en abundancia a nuestras almas, en la 
tierra y en el más allá en su nueva vida infinita, de su nuevo reino 
celestial, de su Espíritu Santo y de sus huestes de ángeles celestiales, 
viviendo por siempre de su Árbol de vida infinita. En realidad, jamás 
conoceremos a nuestro Padre Celestial, "si no invocamos la paciencia 
infinita" del espíritu de vida eterna, de la sangre del Señor Jesucristo, 
para que sature nuestros corazones y nuestras vidas cotidianas, en la 
tierra y de nuevo en nuestras nuevas vidas celestiales, del paraíso o de
su 
nuevo reino celestial, como su Nueva Jerusalén Celestial, por ejemplo. 

En donde, sólo han de entrar a la vida celestial, de su Árbol de vida, 
Jesucristo, los que han esperado pacientemente por el amor de Dios y de
sus 
muchas y ricas bendiciones de perdón, paz, amor, felicidad y de salud 
infinita, para sus corazones y para sus almas, en la tierra y en el cielo,

también, para siempre. De otro modo, los que jamás han gustado de usar el 
espíritu de la paciencia de Dios y de su Jesucristo en sus corazones, 
entonces su lugar eterno es, en el más allá, en el mundo de los muertos,
el 
infierno candente y eternamente tormentoso: en donde abundan el fuego y el

azufre, y el gusano que nunca muere. 

Es por eso, que es bueno que todo hombre, mujer, niño y niña de la tierra,

como los ángeles del reino, por ejemplo, caminen por siempre en el
espíritu 
de amor y de la paciencia infinita de Jesucristo en sus corazones y así 
dejar que los dones del Espíritu hagan todas las maravillas, milagros y 
prodigios, para alimentar sus vidas. Dar de comer del cielo a sus vidas y
a 
sus almas eternas, para que crezcan día y noche sanamente, sólo en los 
poderes sobrenaturales, del espíritu del nombre sagrado de nuestro único 
salvador terrenal y celestial, ¡el Señor Jesucristo! 

Porque el Señor Jesucristo fue el salvador celestial para Adán y para cada

uno de sus descendientes en el paraíso, comenzando con Eva, por ejemplo,
su 
esposa. Pero también luego el Señor Jesucristo se manifestó como el 
salvador del mundo, no sólo para ponerle fin al pecado y al ángel de la 
muerte, sino para darle vida en abundancia a cada hombre, mujer, niño y 
niña de la humanidad entera, en el espíritu de la paciencia divina de 
nuestro Padre Celestial, para que los dones se manifiesten. 

Para que los dones del Espíritu de Dios, los cuales son muchos y muy 
poderosos en Cristo Jesús, Señor nuestro, por ejemplo, en nuestros 
corazones y nuestras vidas, además de los corazones y de las vidas de 
nuestros familiares y amigos y (hermanos y hermanas) en todas las naciones

de la tierra, entonces hagan sus obras eternas en nosotros. Porque cada
uno 
de ellos, es un testigo fiel a Dios, del amor y de las grandes obras 
sobrenaturales, de los dones del Espíritu Santo, en la palabra de la Ley y

del evangelio, de nuestro gran rey Mesías, en la vida de cada uno de 
nosotros, en nuestros millares de todas las familias, razas y reinos del 
mundo entero. 

Es por eso, que los dones del Espíritu de Dios han descendido en la vida 
del Señor Jesucristo no sólo para enriquecer nuestras vidas día y noche y 
por siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino celestial, sino 
también para manifestar las grandes señales de Dios ante una nube tan 
grande de testigos oculares, en toda la tierra. Porque nuestro Dios tiene 
que ser glorificados por ellos, por todo lo que han vivido con sus 
corazones y visto con sus ojos, para testimonio de glorias infinitas y de 
honras incalculables de la tierra y del cielo, porque son eternas, para 
nuestro Padre Celestial que está sentado en su trono santo, en el cielo
más 
alto que los ángeles.

SON MUCHOS LOS TESTIGOS QUE NOS VEN

Entonces nosotros también, teniendo en nuestros entornos de gran tamaño 
descomunal nube de testigos oculares, despojémonos de todo peso del pecado

que tan fácilmente nos enreda en su mal, y corramos con perseverancia la 
carrera que tenemos por delante, porque Dios nos ha llamado a su misma 
paciencia bendita, la de su Jesucristo, en el cielo y en el paraíso.
Porque 
la carrera que nuestro Dios nos ha entregado a sido la de su mismo Hijo 
amado, porque como la de él no hay otra igual, en el cielo ni menos en
toda 
la tierra, la cual puede complacer su corazón y su alma santa, día a día y

por siempre, en la eternidad venidera. 
 
Ya que, en el reino de los cielos, Dios no quiere ver a ningún rebelde a
la 
palabra de su Ley ni a la vida santa de su Árbol de vida eterna, su Hijo 
amado, el Señor Jesucristo, el único "Cordero de Dios" que quita el pecado

del mundo y de su humanidad infinita. Porque suficiente ha tenido con la 
rebelión de Lucifer, de parte de los ángeles y de la humanidad entera de 
parte de Adán y Eva, por ejemplo, al rehusar comer del fruto de vida 
eterna, su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Por lo tanto, esta carrera de 
Dios es santa para con cada uno de nosotros, en todos los lugares de la 
tierra, comenzando en el paraíso, por ejemplo, con sus ángeles santos y el

hombre, como Adán y Eva (como lo menciones anteriormente), en toda la 
tierra, de nuestros tiempos y de siempre. 

Además, sin ésta carrera santa en nuestras vidas, verdaderamente, jamás 
hemos de ver ni memos conocer a nuestro Dios y Padre Celestial que está en

los cielos, tal como él siempre ha sido (y ha de ser), por los siglos de 
los siglos, para con cada uno de sus seres creados, como ángeles del cielo

y hombres de la tierra. Porque la verdad es que Dios nos ha creado en sus 
manos santas, en su imagen y conforme a su semejanza, para que caminemos 
por sus caminos, en el paraíso y en todos los lugares del mundo y así
jamás 
nos alejemos de él ni de ninguna de sus bendiciones, para nuestros 
corazones y para nuestros espíritus humanos. 

Y para nosotros poder dotarnos de todos sus benditos beneficios de vida y 
de salud infinita, para nuestros corazones y para nuestros cuerpos humanos

e espirituales, entonces nos ha preparado de antemano, en el día de
nuestra 
creación, para por siempre recibir, de su espíritu de paciencia día a día
y 
por siempre, en la eternidad venidera. De su espíritu de paciencia, del 
cual hemos de necesitar siempre en nuestras vidas, para poder alcanzar 
bendiciones terrenales y celestiales, de las cuales jamás han sido 
alcanzadas por ningún ángel del cielo, ni menos por los hombres de la 
tierra, como Adán, en el paraíso o alguno de sus descendientes, por 
ejemplo, salvo el hijo del hombre, el Cristo.

Porque Adán y Eva fueron creados, para que por siempre reciban de su 
espíritu de paciencia en sus corazones y en sus almas vivientes y así se 
acostumbren a esperar en su Dios y a los dones sobrenaturales de su 
Espíritu Santo, para hacer milagros, maravillas y prodigios en sus vidas, 
con sólo la invocación de su Hijo amado, Jesucristo. En realidad, para que

los dones sobrenaturales del Espíritu de Dios se manifiesten en la vida
del 
hombre, entonces tiene que tener su corazón y su espíritu humano paciencia

y sólo así se verán milagros, maravillas y prodigios, en los cielos y en
la 
tierra, para bien de su vida y la de sus descendientes, también, por 
doquier. 

Y toda esta gran obra celestial e infinita en el corazón del hombre, 
realmente toma mucho del espíritu de paciencia de nuestro Padre Celestial,

para que llegue a su vida día y noche y por siempre en su nueva vida 
celestial de Dios y de su Jesucristo, en toda la tierra. Además, éste 
espíritu de la paciencia divina de Dios sólo puede llegar a nuestras
vidas, 
si tan sólo le somos fieles a él, en la vida y en el nombre sagrado de su 
Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque sólo en "la invocación" del Señor 
Jesucristo es que verdaderamente "se abre el corazón" de Dios y de las 
ventanas del reino de los cielos, para que sus muchas bendiciones vengan a

nosotros, una tras la otra y sin cesar en nuestras vidas terrenales y en 
nuestras nuevas vidas infinitas, en el nuevo reino de los cielos, por 
ejemplo. 

De otra manera, no podremos jamás tener paciencia para hacer las cosas de 
Dios que nos ha mandado a cumplir, en nuestras vidas en la tierra, ni
menos 
en el más allá, en nuestro nuevo lugar eterno, en el reino de los cielos, 
por ejemplo. Es por eso, que nuestro Señor Jesucristo vino a la tierra ha 
enseñarnos y, a la vez, ha entregarnos mucho de su espíritu de paciencia 
celestial, de parte de nuestro Padre Celestial, para entonces nosotros 
mismos poder recibir de su Espíritu Santo y de sus grandes bendiciones 
sobrenaturales. 

Bendiciones de sus dones sobrenaturales, de los cuales nos ayudaran a 
crecer día y noche y por siempre, en nuestros corazones y en nuestros 
espíritus humanos, en todas las cosas de las cuales nos ha llamado desde 
las tinieblas, para que entremos en su luz de vida y de salud divina, de
su 
nueva vida infinita, en el cielo. Es decir, de su nueva vida infinita, en 
donde sólo la paz, el amor y la felicidad celestial moran, como en su
nuevo 
reino celestial, La Gran Jerusalén Santa e Infinita, por ejemplo, de su 
gran rey Mesías, ¡el Señor Jesucristo!

Pues entonces así como nuestro Padre Celestial ha sido paciente para con 
cada uno de nosotros, que cuando estábamos hundidos en nuestros delitos y 
pecados, por haber transgredido a su Ley Santa, entonces espero 
pacientemente por cada uno de nosotros que nos arrepintamos de nuestros 
pecados, para entonces no morir sino sólo ver la vida. Es decir, 
arrepentirnos de nuestros pecados eternamente y para siempre, sólo posible

en nosotros: Al recibir en nuestros corazones a su Hijo amado y a su gran 
obra sobrenatural, la cual lleva acabo sobre la cima de la roca eterna, en

las afueras de Jerusalén, para bien de Israel y de la humanidad entera. Y 
esto el Señor Jesucristo lo ha alcanzado con su gran espíritu de paciencia

y de amor por cada uno de nosotros, en toda la tierra, comenzando con Adán

y Eva, en el paraíso, por ejemplo, para volvernos a dar vida en
abundancia, 
hoy y siempre.

Por lo tanto, ha sido éste mismo espíritu de paciencia de Dios y de su 
Espíritu Santo que ha venido a cada uno de nosotros, por medio de la vida
y 
del nombre sagrado del Señor Jesucristo. Porque sólo la vida del Señor 
Jesucristo ha cumplido toda la Ley de Dios y le ha puesto fin a nuestras 
vidas de pecado, al ponerle fin al poder del pecado, para que entonces y
al 
instante, sin más demora alguna, darnos vida en abundancia, en esta vida y

en nuestras nuevas vidas celestiales, en su nuevo reino del cielo. 

Además, Dios desea que siempre "seamos la luz del mundo", representando su

nombre santo y la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado, en 
toda la tierra, para que los ojos de todos los hombres, mujeres, niños y 
niñas de la humanidad entera, conozcan su verdad absoluta. Es decir, para 
que ellos, en sus millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y

reinos de la tierra, entonces "sólo vean" la luz de Dios y de su gran 
sacrificio sobrenatural, en sus corazones y en sus espíritus humanos, hoy 
por siempre, en la eternidad, y más no las tinieblas de nuestros males y 
pecados mortales, por ejemplo. 

Dado que, es la luz de la vida santa de su Árbol de vida, el Señor 
Jesucristo, que salva a Adán y a cada uno de sus descendientes, en todos 
los lugares de la tierra, para ser perdonados de sus pecados, desde el 
momento que creen y por siempre en la eternidad venidera, de su nuevo
reino 
celestial. Y sólo así entonces puedan cada uno de ellos regresar a su
lugar 
eterno, en el más allá, en el paraíso y a su nueva vida infinita, en el 
nuevo reino de Dios y de su Árbol de vida inmortal, su Hijo amado, ¡el 
Señor Jesucristo! 

Por ello, toda esta gran obra celestial de Dios y de su Árbol de vida en 
Adán y como en cada uno de sus descendientes, en el paraíso o en todos los

lugares de la tierra, requiere de la asistencia de la presencia constante,

del espíritu de su paciencia divina, en la tierra y en el paraíso,
también, 
para siempre. Porque de otra manera, ninguna de las bendiciones
celestiales 
de nuestro Dios, si no todas pudiesen jamás llegar a nuestros corazones y
a 
nuestras vidas, en la tierra y en el paraíso, para siempre. Es por eso,
que 
el Señor Jesucristo es nuestro único camino de regreso a Dios y nuestras 
vidas infinitas del servicio al nombre santo de Dios en el paraíso y en su

nuevo reino celestial, por ejemplo.

Es por eso, también, que cada uno de nosotros necesitamos de Dios y de su 
Espíritu Santo día y noche para entonces poder crecer pacientemente, en el

espíritu y en la verdad sobrenatural de su Hijo amado, nuestro salvador 
Jesucristo. Y toda ésta paciencia divina y del corazón santo de nuestro 
Padre Celestial ya ha de está en nuestros corazones y en nuestros
espíritus 
humanos, si tan sólo se lo pedimos a Él, en oración y en el nombre sagrado

de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, hoy en día y siempre, en la 
eternidad venidera, para que se active. 

Para entonces poder vencer el mal del enemigo que siempre venga en contra 
de nosotros, en donde sea que estemos en toda la tierra, hoy en día y 
siempre. Porque nuestro Dios es fiel y muy paciente para con cada uno de 
nosotros, de los que le amamos a Él, sólo en su espíritu sobrenatural de 
amor y de crecimiento divino de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, ¡el 
Santo de Israel y de la humanidad entera! Porque mayor amor que éste Adán 
no le pudo manifestar a su Dios en el paraíso y así también ningún hombre 
en toda la tierra, si no hace que Jesucristo entre en su corazón y en toda

su vida también para la eternidad venidera, del nuevo reino celestial.

Porque nuestro Dios no ha de conocer ningún otro amor, que el mismo amor
de 
su Hijo, en su corazón santo, para Adán en el paraíso y para sus 
descendientes en todos los rincones de la tierra, eternamente y para 
siempre y en la nueva vida infinita, para su nueva humanidad celestial, 
también, por ejemplo. Por esta razón, todos necesitamos de Cristo hoy en
la 
tierra y mañana en nuestra nueva vida celestial, en el paraíso o en La 
Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo, que ha esperado ansiosamente 
por recibirnos en sus tierras santas para vivir la vida perfecta y 
sumamente gloriosa de su Árbol de vida, el Hijo de David, el Cristo.

ES DEBER DEL SIERVO DE DIOS: GANAR A LOS QUE SE PIERDEN PARA LA VIDA
ETERNA

Puesto que, el siervo del SEÑOR no debe ser buscapleitos, sino sociable y 
sobretodo paciente para con todos, competente para enseñar y sufrido; 
corrigiendo con paz a los que se oponen, por si quizás Dios les conceda
que 
se arrepientan para comprender "la verdad", y escapen de la trampa del 
ángel de tinieblas, quien los tiene cautivos a su maldad. En verdad, el
que 
ha nacido del espíritu de Dios, entonces "ha nacido con los dones 
sobrenaturales" de vida y de salud infinita, para su corazón y para su
alma 
viviente. Y esto es para gozar por siempre, de la nueva vida de Dios y de 
su Árbol de vida eterna, en la tierra, en el paraíso y en su Nueva Ciudad 
Celestial, La Jerusalén Santa del más allá, del nuevo reino de los cielos.


Por lo tanto, éste corazón del hombre es paciente para con sus hermanos y 
para con sus hermanas, en todos los lugares de la tierra y, además, jamás 
pierde la paciencia para ayudarles y así glorificar y honrar por siempre: 
el nombre sagrado de nuestro Dios y Padre Celestial que está en los
cielos. 
Porque nuestro Dios nos ha llamado a ser llenos de su espíritu de vida y
de 
salud eterna, cada momento de nuestros días por la tierra, para hacer 
grandes cosas para su nombre sumamente glorioso y eternamente honrado, en 
el corazón de todos los ángeles del cielo y de los hombres de buena fe y
de 
buena voluntad, también. 

Para entonces poder ayudar con gran paciencia en sus corazones a muchos
que 
necesitan día y noche "de la mano poderosa de Dios", para tocar sus vidas
y 
cambiarlas de manera drástica cada día más y más hacia la perfección 
gloriosa y preciosa de la vida santa de su Hijo amado, el Cristo de Israel

y de la humanidad entera. Es por eso, que el hombre para ser amable para 
con los demás, entonces tiene que haber nacido de nuevo de su corazón y de

su alma viviente, en la paciencia infinita del espíritu del nombre, de
Dios 
y de su Jesucristo. 

Por tanto, esto es sólo posible con el Espíritu Santo en su vida, para 
entonces operar en los poderes sobrenaturales, de los dones de Dios, con 
los cuales, el espíritu de paciencia obraría en su vida, para poder hacer 
lo que normalmente no podría hacer con su espíritu humano e imperfecto,
por 
culpa del pecado del enemigo, en su sangre. En realidad, sin la presencia 
de los dones de Dios, en el corazón del hombre de fe, entonces no le seria

posible jamás obrar para gloria y para honra de su nombre santo, en la
vida 
del pecador y de la pecadora, que aun no han llegado a recibir el nombre
de 
Jesucristo en sus corazones, para cambiar sus vidas. (Por esta razón, el 
buscar del SEÑOR y de su Jesucristo, en todo momento de la vida del
hombre, 
es muy bueno, por cierto, para él y para los suyos, también, hoy y siempre

para la eternidad venidera.)

Es decir, también, para comenzar a cambiar sus vidas paso a paso (o de 
golpe) de las tinieblas del enemigo a la luz más brillante que el sol, en 
el nuevo nacimiento de la resurrección del Señor Jesucristo, para salud y 
para vida eterna, en la tierra y en el cielo, hoy en día y para siempre. 
Por ello, para el hombre comenzar a vivir su nueva vida en el Espíritu 
Santo de Dios, señor nuestro, desde ahora mismo en al tierra, para entrar 
luego en la eternidad venidera, del nuevo más allá de Dios y de su Árbol
de 
vida eterna, su Hijo amado, tiene que ser fiel y paciente con su Dios y
sus 
hermanos. 

Por cuanto, el que tiene los dones del Espíritu de Dios en su vida, 
entonces los milagros, maravillas y prodigios del cielo y de la tierra 
comenzaran a manifestarse en su vida para el bien de muchos, ya sean de
los 
suyos, de sus familias, amigos y hasta de gentes lejanas, también. Porque 
los dones del Espíritu de Dios son para todos los que creen en el nombre 
bendito de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en lo profundo de sus 
corazones, estén lejos o cerca, para cumplir toda la verdad y toda la 
justicia infinita, de la palabra bendita de su Ley, la Ley de Dios y de 
Moisés, por ejemplo. 

Dado que, esta palabra de la Ley de Dios tiene que ser honrada en el 
corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, para 
alcanzar aun mayores glorias celestiales del más allá, que ni aun los 
ángeles las alcanzado, pero el hombre lo ha de hacer pronto diariamente y 
con gran paciencia para su vida eterna. Y es por eso, que el Señor 
Jesucristo ha descendido del Padre, para con paciencia de su mismo
Espíritu 
Viviente y, además, con mucho amor en su corazón y en cada una de sus 
palabras, para entonces entregárnosla a nosotros, en nuestros mismos 
corazones: cumplida y eternamente honrada, sólo cuando le invocamos, 
creyendo en su nombre santo y eternamente maravilloso.

Porque es la fe, del nombre bendito del Señor Jesucristo en nuestros 
corazones: "la llave" que verdaderamente desata y, a la vez, pone en 
operación permanente cada uno de los dones del Espíritu de Dios, para su 
propio bien y para el bien de muchos en su familia y lejos de su familia, 
también. Como amistades y personas de todas partes del mundo entero y
hasta 
del más allá, también, por ejemplo, que ama a su Dios, si fuese necesario 
hacerlo así; porque nuestro Dios es Omnipotente y Todopoderoso, es decir, 
que no hay nada imposible para Él y para su Hijo amado, en al tierra, ni 
menos en el más allá. 

Y nuestro Dios obra así "maravillosamente y milagrosamente" con cada uno
de 
sus hijos e hijas, en todos los lugares de la tierra, día y noche y sin 
cesar, para que entonces los que no crean, pues entonces crean a su verdad

infinita, Jesucristo, su única posibilidad infinita para una vida mejor en

la tierra y en el cielo. Es decir, pues si no creen por su palabra, 
entonces quizás han de creer por sus buenas obras en los corazones, en las

vidas y en los cuerpos de todos los necesitados, de todos los lugares del 
mundo entero, en donde sea que su nombre bendito y eternamente honrado sea

entonces "invocado, honrado y glorificado". 

Invocado, honrado y glorificado para satisfacer toda verdad y toda
justicia 
infinita de su Espíritu Santo y de su Hijo amado, en la tierra y en el 
cielo, también, hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera. Porque

toda verdad y toda justicia del corazón del hombre, de la mujer, del niño
y 
de la niña de la humanidad entera, tienen que ser buenas en la tierra y
así 
también en el cielo, para que entonces puedan tener derecho a la vida 
eterna de su Creador y de su único redentor, el Árbol de la vida, 
Jesucristo. 

Es decir, para que cada uno de ellos entonces entre desde ya a la vida 
celestial, como hijo legitimo o como hija legitima de Dios, en el más
allá, 
en el nuevo reino de los cielos, de Dios y de su Árbol de vida eterna, el 
Señor Jesucristo. De otra manera, ningún hombre ni ninguna mujer ha de 
poder jamás regresar al paraíso ni menos entrar a la nueva vida infinita, 
sólo posible en el Señor Jesucristo, en la tierra y en el nuevo reino de 
Dios, como La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del más allá, por ejemplo, 
para sus ángeles y para su nueva humanidad celestial. 

Ahora, si no han recibido al Señor Jesucristo como su único y suficiente 
salvador de sus vidas, por las muchas buenas obras que ha hecho para el 
bien de sus vidas y de las suyos, entonces ninguno de ellos podrá jamás
ver 
la vida eterna, por su incredulidad. En verdad, éste hombre ingenuo o ésta

mujer ingenua habrá caído en la trampa de su enemigo eterno, el ángel de 
las tinieblas, para que jamás sean perdonados sus pecados ni así tampoco 
pueda ver ni menos conocer a su Dios y Creador de su vida, en la tierra ni

menos en el más allá, para siempre. 

Es decir, también, que todo aquel que jamás ha invocado al Señor
Jesucristo 
con sus labios, creyendo en su corazón para perdón de sus pecados y para 
bendición de una nueva vida, en la tierra y en el paraíso, entonces ha de 
morir en sus tinieblas para jamás ver ni menos conocer a su Dios y
salvador 
de su vida. Y esto es sumamente terrible para el corazón del hombre (y de 
la mujer también), el cual ha sido creado todopoderoso, aun con mayores 
glorias, de los corazones de los ángeles del cielo, para ver y conocer a
su 
único Dios y Creador de sus vidas eternas, en la tierra y en el paraíso, 
también, para la nueva eternidad venidera.

Porque simplemente es totalmente imposible para el pecador o para la 
pecadora de toda la tierra llegar a ver y conocer a su Dios y Creador de
su 
alma eterna, sin jamás haber recibido al Señor Jesucristo, en su corazón. 
(Esto es eternamente impensable en el corazón santo de Dios, de su
Espíritu 
Santo y de sus ángeles del reino de los cielos.) Es por eso, que todo
aquel 
que muere en las tinieblas de su pecado, entonces ha caído en la trampa 
eterna del ángel de la muerte. Es decir, que ha caído en las manos eternas

del ángel de las tinieblas, Lucifer, que ha preparado de antemano en los 
labios de la serpiente antigua y en los labios de Eva, para que no sólo 
Adán creyese en su maldad sino también sus descendientes eternos, para que

muriesen sin conocer a Jesucristo y a su único Dios Soberano.

DELÉITENSE EN LAS PUEBRAS, PORQUE DIOS LES DA LA VICTORIA 

Por eso, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, ténganlo por
sumo 
gozo cuando se encuentren en diversas pruebas de su vida cotidiana, 
sabiendo siempre en sus corazones que la prueba de su fe produce
paciencia, 
para bien de sus propias vidas y de los demás, en su entorno y aun hasta 
los que estén en lugares muy lejanos, también. Porque la paciencia y la fe

son poderosas en el corazón del hombre o en el corazón de la mujer que ama

a su Dios y a su salvador eterno, el Señor Jesucristo, para bendecir día a

día a muchos en todos los lugares de la tierra y hasta en el paraíso, 
también. Porque la bendición de nuestro Dios es buena en la tierra y en el

cielo, también, hoy y por siempre, en la eternidad venidera.

Pero sobre todas las cosas, que la paciencia tenga su obra completa en sus

corazones, en el poder sobrenatural del Espíritu de Dios, para que sean 
completos y detallistas en su manera de pensar y de proceder, también,
ante 
cualquier situación buena o mala, no quedando jamás atrás en nada ni por 
ninguna razón. Porque en esto sé gloria su Padre Celestial que está en los

cielos, de que ustedes mismos sean llenos de su Espíritu en sus corazones
y 
en cada momento de sus vidas, para enfrentar cualquier situación, por muy 
pequeña o por muy grande que sea, para que todo sea al fin gloria y honra 
al salvador de sus almas vivientes. 

Puesto que, esto es lo que Dios desea ver en ustedes, muchas buenas obras,

pequeñas y grandes, para que la vida de su Hijo amado sea engrandecida en 
el corazón de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra,

como su único salvador eterno. Y éste salvador único de sus almas eternas 
es su Hijo amado, ni más ni menos, en el paraíso y así también, en todos 
los lugares de la tierra, para entrar a la nueva vida celestial, en el 
nuevo reino de los cielos. 

Dado que, sólo el Señor Jesucristo es el Árbol de la vida de Dios y de sus

criaturas celestiales, como ángeles y de sus criaturas terrenales como los

hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, por ejemplo,
además 
de todas las especies de animales del aire, de la tierra y del mar, 
también. En verdad, sólo el Señor Jesucristo es la vida de todo en todos, 
sean grandes o pequeños en el cielo y en la tierra, también, hoy en día y 
como siempre, en la eternidad venidera, en el más allá, en su nuevo reino 
celestial, ¡La Gran Jerusalén Eterna e Infinita para sus huestes de
ángeles 
y su resucitada humanidad celestial! 
 
Por esto, Dios desea que Jesucristo sea en el corazón de todos los
hombres, 
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, así como lo es en el 
corazón, de cada ángel, arcángel, serafín, querubín y demás seres santos
de 
su reino celestial, por ejemplo, para glorificar su nombre en muchas de
sus 
buenas obras sobrenaturales, en todos ustedes mismos. Porque el espíritu 
viviente del Señor Jesucristo les enseñara suprema paciencia, además de
sus 
muchos dones espirituales de vida, salud y de felicidad infinita, de tener

un corazón sumamente glorioso con los potenciales absolutos, de conocer a 
nuestro Padre Celestial y todas sus cosas, en su nuevo reino celestial,
hoy 
en día y para siempre, en la eternidad venidera. 

Es por eso, que gozoso es el corazón del hombre que ha recibido el nombre 
glorioso de su gran salvador eterno, para poderles hacer frente a cada una

de todas las artimañas del enemigo. Artimañas eternas del enemigo de su 
alma viviente, de las que se hayan levantado en contra de él y de los 
suyos, también, porque sabe muy bien su corazón en Cristo Jesús, Señor 
nuestro, que sus victorias sobre cada una de ellas ya han sido escritas en

el libro de Dios, en el cielo. Y sólo le falta a él (o a ella) creerlas en

su corazón, para que Dios obre como le gusta obrar en la vida del ángel
del 
cielo y en la vida del hombre de la tierra, en su espíritu de fe, lleno de

sus muchas y muy ricas bendiciones sobrenaturales y de grandes poderes del

reino celestial. 

Por lo tanto, nuestra victoria, cada vez que el enemigo viene en contra de

nosotros, de una manera u otra, ya ha sido escrita en las Escrituras de 
nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, en el reino celestial,
para 
que se hagan realidad en cada una de nuestras vidas, hoy y siempre, en 
nuestras vidas con Jesucristo. Porque la victoria que el Señor Jesucristo 
ha alcanzado con el espíritu de su sangre santísima, sobre el altar de 
sangre expiatoria y perfecta de Dios, en el cielo y en la tierra, ha sido 
para con cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, 
pueblos, tribus, linajes y reinos de la humanidad entera, para "salud 
eterna". 

Por esta razón, siempre tengan en gran gozo celestial en sus corazones, 
cada vez que son atacados por el enemigo, en sus diferentes pruebas de sus

vidas cotidianas para hacerles daño y alejarlos de su fruto de vida
eterna, 
que sus espíritus humanos son más que vencedores en Cristo Jesús, salvador

nuestro. Porque la victoria sobre cada mal del enemigo en sus corazones y 
en sus vidas ya ha sido escrita por la mano de Dios mismo, a favor de cada

uno de ustedes, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, para 
gloria y para honra eterna de la vida perfecta de nuestro único salvador,
¡
el Señor Jesucristo!, en toda la creación. 

Es por eso, que con paciencia Dios mismos los ha amado, desde mucho antes 
de la fundación del cielo y la tierra, para que en un día, como hoy por 
ejemplo, entonces en ustedes también se manifieste cabalmente su espíritu 
de paciencia, creyendo siempre en Él, sólo por medio del nombre sagrado de

su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sin su espíritu de paciencia
en 
sus corazones y en sus vidas, entonces muchas de las bendiciones infinitas

de sus dones gloriosos no podrán manifestarse a tiempo (o fuera de
tiempo), 
para que la gran nube de testigos oculares en sus propias vidas pueda ver 
la gloria de Dios manifestada en cada uno de ustedes, en el mundo entero. 

Por esta razón, siempre sean pacientes con su Dios, así como Él mismo lo
ha 
sido con ustedes mismos, no llevándolos a juicio inmediatamente por causa 
de sus pecados para destruir sus vidas pecadoras, sino todo lo contrario. 
Pues con amor eterno se ha manifestado ante ustedes con gran paciencia en 
su corazón y en su espíritu santísimo, para que las bendiciones de perdón
y 
de vida eterna con sus muchas bendiciones del cielo y de la tierra, en su 
Jesucristo y en su Espíritu, entonces jamás le falten a ninguno de ustedes

jamás, en toda la tierra. 

Porque grande en amor y en paciencia es el corazón de Dios y de nuestro 
Señor Jesucristo para darnos mucho más de Él, día y noche, para que ningún

bien de los dones sobrenaturales de su Espíritu y de su sangre santísima 
jamás nos falte, en esta vida ni en la venidera, hoy y por siempre en la 
eternidad celestial. Es por esta razón, también, que nuestro Dios ha 
escrito cada una de sus muchas promesas, para que todo lo que ha dicho con

sus labios, entonces sea verificada con la letra de su Escritura, en 
nuestros corazones y con nuestros labios, también: al confesar de sus 
muchas grandezas y misericordias infinitas hacia todos nosotros, en su 
resucitada humanidad infinita. 

LO ESCRITO POR DIOS HA SIDO PARA EL BIEN DE LA HUMANIDAD ENTERA

Pues todo lo que fue escrito primeramente entonces fue escrito para
nuestra 
enseñanza, de hoy y de siempre, en toda la tierra, a fin de que por la 
firmeza y la dirección de las Escrituras tengamos esperanza, en nuestros 
corazones y en nuestros espíritus humanos, para una vida mejor e infinita 
con nuestro Dios que esta en los cielos. Y todo lo que ha sido escrito en 
el libro de Dios, no fue nunca para recordarle a Dios de sus promesas,
pues 
él mismo las conoce muy bien cada una de ellas en su corazón santísimo y
en 
su sabiduría perfecta e infinita, sino por otras razones fueron escritas 
sus palabras santas y vivas. 

En realidad, todo fue escrito de antemano en el cielo, para bien de cada 
uno de nosotros, en toda su gran creación, comenzando con Adán y Eva, por 
ejemplo, para que nosotros le pidamos a Él, siempre en el nombre sagrado
de 
su Hijo amado: todas nuestras bendiciones de vida y de salud eterna para 
con nosotros, hoy y siempre. Porque las bendiciones de vida y de felicidad

eterna son para con cada uno de nosotros, de parte de nuestro Padre 
Celestial y de su Espíritu Santo, por medio de la vida santísima del Señor

Jesucristo, para que ningún bien eterno nos falte en la tierra,  en el 
cielo ni en la eternidad venidera de su nuevo reino celestial. 

Pues grandes son la verdad y la misericordia infinita de nuestro Padre 
Celestial hacia cada uno de nosotros, en toda la tierra, por medio de su 
Hijo amado, para acordarse por siempre de nosotros, no importando jamás el

tiempo ni la distancia, en el paraíso, en la tierra ni menos en su nueva 
vida infinita, de su reino celestial. Porque la verdad es que Dios nos ama

tanto, como a su Hijo amado y cada uno de sus ángeles santos, en el cielo,

ni más ni menos, para salud y para gloria infinita de nuestras mismas 
vidas, en la tierra y en el paraíso, también, para la eternidad. 

Y esto es algo, que el Espíritu de Dios lo tiene muy claro en su alma 
santísima, por lo tanto, nos guarda día y noche para que nadie ni ningún 
mal toque "la semejanza y la imagen" gloriosa que llevamos de parte de 
nuestro Dios, en nuestros corazones y en nuestras almas eternas en la 
tierra, para la eternidad venidera. Porque con gran paciencia Dios nos ha 
formado en sus manos santas, para la vida eterna del nuevo más allá. Y con

gran paciencia infinita nos ha amado para que regresemos a Él, por sus 
caminos santos, de los cuales el Señor Jesucristo se lo manifestó a sus 
apóstoles y discípulos en sus días, asegurándoles de su amor, para con
cada 
uno de ellos, en sus millares, de todos los hombres, del principio y de 
siempre, en la eternidad celestial. 

Y entonces les dijo en su día: Sólo yo soy el camino, la verdad y la vida;

por tanto, nadie viene al Padre Celestial si no es por medio de mí, 
solamente. Y esta es una Escritura santa, llena de verdad y de poderes 
sobrenaturales, que si el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de
la 
niña de toda la tierra, las creyesen en la plenitud de su valor
espiritual, 
entonces tendrá vida y salud eterna, en la tierra y en el cielo, desde hoy

mismo y para siempre. Y ninguno de los pecados del pasado (o de siempre)
ha 
de ser recordado jamás, sino que Dios los echara para siempre de su 
presencia santa, para no volverlos a ver, como en el fondo de la mar, por 
ejemplo: en donde sólo las profundas oscuridades prevalecen eternamente y 
para siempre, y ninguna luz volverá a alumbrar sobre ellos. 

Y no será así con cada una de las buenas obras de sus siervos y de sus 
siervas de toda la tierra, porque permanecerán escritas en el libro del 
SEÑOR, como en "el libro de la vida eterna", por ejemplo, en donde sus 
nombres jamás han de ser borrados. Sus nombres no han de ser borrados, 
porque están escritos con la imborrable sangre del espíritu de la misma 
vida eterna, de su gran rey Mesías, el salvador de sus vidas, ¡el Señor 
Jesucristo! 

Por lo tanto, sus obras son eternas y les seguirán a cada uno de ellos, de

todos los hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra, aun más allá 
de su muerte en el paraíso o en La Nueva Jerusalén Celestial, para que 
hablen de ellos delante de Dios y de su Espíritu con mayor claridad que su

lengua. Porque cada una de las obras de sus siervos y de sus siervas
fieles 
a su Dios y Creador de sus vidas, por medio de su Hijo amado, es para 
gozarlas en la tierra y en el reino de los cielos día a día y para
siempre, 
en la eternidad venidera. 

Porque todo lo que es hecho en el nombre de Jesucristo es para siempre, 
para el infinito, en el alma del hombre del paraíso y de todos sus 
descendientes en toda la tierra, también. Por ello, solamente el Señor 
Jesucristo es eternamente y para siempre, el Santo de Israel y de la 
humanidad entera, en el cielo y por toda la tierra, también, hoy en día y 
para siempre, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos, para gloria

de Dios y para el bien eterno de su nueva humanidad celestial. 

Es por eso, que Dios ha escrito todo lo que ha escrito con su dedo santo, 
como escribió su Ley Eterna, por ejemplo, para dársela a Moisés y a la 
humanidad entera, como hoy en día se la ve en toda la tierra, para 
enseñanza de sus corazones y de sus espíritus eternos, para gloria
infinita 
de su Creador. Y así no se olviden jamás de sus buenas y grandiosas obras,

para con cada uno de ellos, en todos los rincones de la tierra, de todas 
las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero, 
por ejemplo. 

Con el fin de que cumplan por siempre con todo su amor de sus corazones en

sus vidas por la tierra y en el cielo también, como en el paraíso o como
en 
La Nueva Jerusalén Eterna e Infinita, sólo para su Dios y Creador de sus 
vidas, ¡el Todopoderoso! Por eso, todo lo bueno de Dios es del hombre de 
buena voluntad, lleno del espíritu de fe y de su paciencia celestial, en
su 
corazón y en toda su alma viviente, para que por siempre guste de sus 
buenas palabras de vida y de salud eterna, en su alma infinita, en la 
tierra y en el paraíso, para siempre.

SI SOMOS PACIENTES CON NUESTRO DIOS, ÉL NOS RECOMPENSARA

Por esta razón, si realmente esperamos pacientemente por lo que no vemos 
día y noche y en cada momento de nuestras vidas, entonces Dios no nos va a

defraudar jamás, sino que nos concederá la petición de nuestros corazones,

porque hemos creído en su palabra y hemos esperado por su respuesta en su 
Cristo, con gran perseverancia en nuestros corazones. Porque grande es el 
amor de nuestro Dios, para con cada uno de nosotros, de los que esperamos 
por siempre en su palabra y en el nombre sagrado de su Hijo amado, el
Señor 
Jesucristo, viviendo en nuestros corazones, para gloria y para honra 
infinita de su corazón santo, en el cielo y en la tierra, para siempre. 

En vista de que, para nuestro Dios no hay mayor gloria que ver al hombre
(o 
a la mujer) que pacientemente espera por Él, en el nombre de su
Jesucristo, 
para que cada una de sus mentas (o deseos) de su corazón se cumplan en su 
vida y hasta en la vida, de cada uno de los suyos, también. Porque nuestro

Dios es el único y suficiente proveedor de todos los hombres, mujeres, 
niños y niñas de la humanidad entera; es más, sin nuestro Señor Jesucristo

entonces Dios no nos pudiese bendecir día y noche, como siempre lo ha 
deseado hacer así, a través de los tiempos y hasta nuestros días, por 
ejemplo. 

Visto que, Dios nos desea ver a cada uno de nosotros bendecidos por
siempre 
con los poderosos dones, del espíritu de la sangre bendita, de su Árbol de

vida eterna y de los de su Espíritu Santo, obrando por siempre en nuestros

corazones, para bien de nuestras vidas y de los demás, también, en todos 
los lugares de la tierra. Porque lo que Dios le ha entregado a un hombre, 
ya sea la vida como Adán en el paraíso o su Ley Bendita, como a Moisés 
sobre el Sinaí, etc., ha sido para el bien de todos, en toda la tierra. 

En verdad, Dios jamás ha defraudado a ningún hombre ni a ninguna mujer, 
como a Adán y a Eva, en el paraíso, por ejemplo, sino que ellos mismos se 
defraudaron a sí mismos, por no obedecer a su palabra y a su llamado a 
obedecerle a él y a su Hijo amado, su fruto de vida eterna, Jesucristo. Es

decir, que todo lo malo les sucedió, en el cielo, fue por no esperar en el

fruto del Señor Jesucristo que llegase a sus vidas y así comiesen y 
bebiesen de él, para que no vuelvan a tener hambre ni sed sus almas 
eternas, en el cielo ni en ningún otro lugar de toda la creación de Dios. 

Pero como no esperaron con paciencia en sus corazones y en sus espíritus 
humanos, a su salvador eterno de sus vidas en el paraíso, entonces optaron

por desobedecer, sin saber realmente que era lo que estaban haciendo con 
sus vidas (y la de los suyos), al gustar y comer del árbol de la ciencia, 
del bien y del mal. Pues así es el hombre de hoy y de siempre, en toda la 
tierra, porque opta siempre por comer del fruto del mal, en vez, de comer 
del fruto de vida y del bien eterno para su corazón y para su alma 
viviente, el Señor Jesucristo, al sólo creer en la palabra de su Dios y 
Creador de su vida. 

Es decir, que en vez del hombre invocar el nombre de Jesucristo con sus 
labios, creyendo en su corazón en su verdad y en su justicia infinita,
para 
que nuevos días de paz, como los días de vida eterna del cielo, lleguen a 
su vida y a la vida de los suyos, también, entonces escoge el mal de 
siempre. En otras palabras, vuelve el hombre a cometer una y otra vez, el 
mismo error que Adán y Eva cometieron, por ejemplo, en el paraíso: al 
gustar del fruto prohibido, para su corazón y para su alma eterna del
árbol 
de la ciencia, del bien y del mal. Y esto es inaceptable para nuestro Dios

y Creador de nuestras vidas, el Todopoderoso de Israel y de la humanidad 
entera. Es más, éste terrible mal jamás se lo aceptado Dios a ninguno de 
sus ángeles caídos ni a ningún hombre del paraíso, como Adán, por ejemplo.

Por lo tanto, Dios no desea ver al hombre como Adán o como Eva, por 
ejemplo, impacientes en sus corazones, por comer del fruto de algún árbol 
extraño, como estatuas, que no sea del Árbol de la vida, Jesucristo,
porque 
esto es un error terrible de gran maldición en sus vidas, en la tierra y
en 
el paraíso, también. Porque realmente esto es un error terrible para el 
corazón y para la vida eterna del hombre y de la mujer, en la tierra y
para 
su nueva vida infinita, todo lo que sea él, en el más allá, como en el 
infierno o como en el lago de fuego. Porque al cielo o al paraíso no 
regresara jamás ninguno de ellos, con frutos extraños de imágenes, 
estatuas, cuadros, ídolos etc., en su corazón y en todo su ser. 

Además, Dios no desea ver este mal terrible para ninguno de sus hijos y de

sus hijas, como Adán y Eva, por ejemplo, en todos los lugares de la
tierra, 
sino todo lo contrario. Más bien, Dios desea que cada uno de ellos sea 
paciente en su corazón para con su Dios y para con su Hijo amado, el Señor

Jesucristo y así espere por su perdón y por sus muchas y ricas bendiciones

de salud y de vida eterna, que vienen con el perdón de su Dios y de su 
salvador eterno, Jesucristo. 

Y así entonces coma y beba también con paciencia de su fruto de vida 
eterna, el Señor Jesucristo, su único Verbo de vida y de salud infinita 
para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, en el paraíso

y en todos los lugares de la tierra, de hoy en día y por siempre, en la 
eternidad venidera. Porque nuestro Padre Celestial no permitirá jamás otro

fruto extraño o prohibido que entré en su nueva vida celestial de su Nueva

Jerusalén Santa e Infinita del más allá, para sus hijos e hijas,
obedientes 
a su palabra, a su nombre y a su Jesucristo sobre todas las cosas, en la 
tierra y en el cielo, para siempre.

TENEMOS TESTIGOS ETERNOS, DE QUE SOMOS LINAJE DE LA PACIENCIA DE DIOS Y DE

SU JESUCRISTO

Por eso, nosotros que hemos formado una nube inmensa de testigos videntes,

que nos han conocido desde los días que no teníamos a Cristo en nuestras 
vidas y hasta el día que "comenzamos a vivir" por amor a su nombre y a su 
gran obra sobrenatural, la cual vivió y murió por nosotros, para luego 
resucitar en el Tercer Día. Y sólo así entonces Dios poder perdonar 
nuestros pecados: porque nuestros pecados han sido muertos con el ángel de

la muerte en nuestras vidas pecadoras y en el más allá, también, como en
el 
infierno o el lago de fuego eterno, la segunda muerte del alma pecadora
del 
hombre de toda la tierra del ayer y de siempre, por ejemplo. 

Porque esta es la obra redentora de la humanidad entera, la cual lleva 
acabo sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén,
nuestro 
Jesucristo, y hoy vive en nuestros corazones, entonces despojemos de la 
muerte del pecado, en un instante de oración y de fe, en su nombre
sagrado, 
para vivir sólo para la vida verdadera. (Porque la vida que hoy por hoy 
cada uno de nosotros vive, desde el día que Adán descendió del paraíso,
con 
las palabras de mentira de Lucifer y con el gusto del fruto prohibido en
su 
boca, entonces nosotros hemos vivido la vida de la mentira y de la
muerte.) 
Es decir, que la vida que llevamos hoy en nuestros corazones, en nuestro 
conocer, en nuestro sentir, en nuestros gustos de las cosa, como humanos 
que somos, no es la vida del Árbol de vida, de Jesucristo ni de Dios, sino

del Árbol de la ciencia del bien y del mal, del mal de la mentira y de la 
muerte.

Porque sólo para esto nuestro Dios nos ha creado, para vivir su misma vida

santa, en el paraíso y en su nuevo reino celestial; y hoy en día, nos 
encontramos viviendo en la tierra, por la maldad de Lucifer y por el error

de Eva, por haberle creído a su palabra mentirosa, de comer del árbol 
prohibido, por ejemplo. Y éste mal del pecado es el que nos arrastra 
siempre día y noche para hacernos daño, delante de Dios y de su Árbol de 
vida, pues entonces corramos con firmeza y con confianza en nuestros 
corazones: la carrera que tenemos por delante, la cual es el camino de 
regreso al paraíso, por medio de nuestra fe, centrada en Jesucristo. 

Porque sólo en la paciencia de Dios podemos vencer realmente día a día el 
mal del pecado en nuestras vidas; ya que nosotros mismos somos hijos de su

paciencia y de la pasión del Señor Jesucristo, hacia cada uno de nosotros,

en el cielo, en la tierra y de nuevo de regreso, al nuevo reino celestial 
del más allá. Y esto es verdad en cada uno de nosotros, comenzando con 
Adán, por ejemplo, de la misma manera que cuando nuestro Dios nos toma del

fango de la tierra, para comenzar a moldearnos en su imagen y conforme a
su 
semejanza santa, con gran paciencia en su corazón, sabiendo aun que 
seriamos pecadores al fin. 

En verdad, somos hijos del espíritu de la paciencia de Dios, por amor a su

Hijo amado, el Señor Jesucristo en nuestras vidas terrenales y
celestiales, 
también, en el paraíso y en el reino de los cielos. Para que en un día
como 
hoy, por ejemplo, nos arrepintamos de nuestros males eternos, y entonces 
vivamos para él y más no para las profundas tinieblas de Lucifer y de su 
mundo de los muertos, en el más allá, el cual es el infierno violento y 
eternamente tormentoso, para nuestros corazones y para nuestras almas 
eternas, también. 

Es decir, que nuestro Dios nos ha comenzado a llamar en su espíritu de 
paciencia, desde mucho antes que nos formase con sus manos, para que
seamos 
hijos eternos del espíritu de su paciencia y de la pasión infinita de 
nuestro Señor Jesucristo, nuestro único posible redentor de nuestras
vidas, 
en la tierra y en el paraíso, para siempre. Porque nuestro Dios nos desea 
ver siempre pacientes y en paz ante Él, esperando por Él, a pesar del peso

del mal, para que sus dones operen en nuestros corazones y en nuestras 
vidas, para producir cada día más gloria y más honra para su nombre y aun 
mayores glorias y honras que la de sus ángeles del reino celestial. 

Porque para esto Dios nos ha entregado los dones sobrenaturales de su 
Espíritu, mucho antes que formase los cielos y la tierra, y mucho antes
que 
formase toda vida humana, también, con el fin de que vivamos por siempre 
por Él, perennemente confiando en sus dones sobrenaturales de su Espíritu,

para gloria y para honra infinita de su nombre. Por esta razón, el siervo
y 
la sierva de Dios no deben de ser querellantes ni polémicos con nadie ni 
menos con su Dios y Creador de su vida, que está en los cielos, sino apto 
siempre para obedecer al espíritu vivo de su nombre glorioso, el nombre de

su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Pues así podrán corregir con mansedumbre los que se desvían por el camino 
del mal y de la mentira, por si quizás les conceda nuestro Dios mismo a
que 
se arrepientan de sus malas pasos y malas acciones en contra de ellos 
mismos y de sus prójimos, como quererles destruir sus vidas para robarles 
sus pertenencias, por ejemplo. Y Dios perdonara todo pecado; es más, Dios 
perdonara a todo pecador, con el fin de que comprenda la verdad y la 
justicia verdadera que ha caído en su vida, de una manera u otra, y está
en 
él (o en ella) la maldición constante del fruto prohibido de Adán, por no 
conocer a su redentor del paraíso, a Jesucristo.

De hecho, esto es el mal eterno de la condena de muerte infinita del 
infierno, por ejemplo, porque no conocen la verdad de nuestro Dios ni
menos 
la justicia infinita de la paciencia de su Hijo amado, el salvador de sus 
vidas, el Señor Jesucristo. Por eso, Dios mismo llevara a juicio eterno a 
su Tribunal Celestial a todo pecador y a toda pecadora de toda la tierra 
que no le ame a Él, en el espíritu de la vida santa y sumamente honrada de

su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Porque, además, es que realmente cada uno de ellos es eternamente 
responsable ante el Tribunal de Dios y de su Jesucristo, de cada una de
sus 
palabras y de cada una de sus acciones personales hacia los demás, 
cualquiera que sean todas ellas, en la tierra y en el paraíso, también,
hoy 
en día y por siempre, en la eternidad. Porque libros han sido escritos día

y noche por el Espíritu de Dios y por los ángeles del cielo, también, 
grabando en todo momento cada palabra y cada acción de todo hombre y mujer

de la humanidad entera, para su justo juicio final en la tierra y en el
más 
allá, también. 

Para que en su día final entonces dé cuenta ante Dios, por cada uno de sus

pensamientos, por cada una de sus palabras y por cada una de sus obras, 
sean buenas o malas, en el paraíso y en la tierra. Pues de todas ellas han

de dar cuentas ante el Tribunal Supremo y Juicio Final de todas las cosas 
ante Dios, en el mismo lugar de su creación y de su vida eterna, en la 
tierra santa del paraíso y del reino de los cielos, también, por ejemplo.

Porque el pecado del hombre ha de ser juzgado, en el mismo lugar en donde 
empezó, en el corazón de Eva primero y luego en el corazón de Adán y de 
cada uno de sus descendientes, como tú y yo, hoy en día, en la tierra, por

ejemplo, mi estimado hermano y mi estimada hermana, si no vivimos por 
Cristo. Y el que fuese hallado sin Cristo en su corazón ni con su nombre 
personal escrito en "el libro de la vida" en el paraíso, entonces no
tendrá 
más perdón de Dios, por sus malas acciones de su vida por la tierra, por
lo 
tanto, su fin ha de ser el lago de fuego. 

Su segunda muerte final, en donde el azufre es abundante y eternamente 
violento, y en donde el gusano jamás se cansa de morder y de comer pedazo
a 
pedazo del corazón y del alma rebelde a Dios y a su Ley Viviente, en la 
tierra y en el cielo, hoy y para siempre, en la eternidad venidera. Y como

Dios jamás ha deseado este terrible mal para ningún hombre, mujer, niño o 
niña de toda su creación, en el paraíso ni en toda la tierra de nuestros 
días, entonces ha sido paciente para con cada uno de nosotros, dándonos de

su amor día y noche y, a la vez, cuidándonos y hasta mimándonos con su 
Espíritu Santo. 

Es decir, regalándonos: milagros, maravillas y muy ricas bendiciones de 
sanidades y de muchas cosas más de la vida santa del más allá, con los 
poderes sobrenaturales de los dones de su Espíritu Santo, para que vivan y

jamás vean el mal de la muerte en la tierra, ni menos en el más allá, como

en el  infierno. Para que entonces se arrepientan de sus malas palabras y 
de sus acciones en contra de toda vida, y sólo así puedan en su momento 
recibir a su Dios y Creador de sus vidas en el espíritu vivo, de su 
paciencia infinita hacia ellos, con sólo invocar el nombre sagrado de su 
Hijo, el salvador del mundo, ¡el Señor Jesucristo! 

Por esta razón, Dios ha deseado siempre que ninguno de sus siervos y 
siervas sea contencioso en contra de nadie ni por ninguna razón, también, 
sino por lo contrario: siempre amable en los poderes sobrenaturales, de
los 
dones de su Espíritu Santo, para bendecir su vida e enriquecerla para su 
Dios y para su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Para que entonces su alma 
viva para su Dios y para su gran obra infinita, sólo posible en la vida 
eterna y sumamente honrada de su Hijo amado, el Santo de Israel y de la 
humanidad entera, ¡el Señor Jesucristo! 

Pues para esto nuestro Dios ha trabajado desde siempre, desde los primeros

días de la antigüedad y hasta nuestros tiempos, por ejemplo, para que cada

uno de sus hijos e hijas, como todos los hombres, mujeres, niños y niñas
de 
toda la tierra, entonces sobrevivan sus males eternos, pero con su amor y 
la pasión infinita de Jesucristo. Y así ninguno de ellos caiga en la
trampa 
del espíritu de error y de las malas acciones de Lucifer y de sus
palabras, 
llenas de mentira y de muertes eternas, como cayeron en su día Adán y Eva,

por ejemplo, en el paraíso, sino todo lo contrario. 

Y esto es, que cada uno de ellos crea eternamente a su verdad y a su 
justicia infinita, la de su Hijo, Jesucristo, para que vea su salud y su 
vida eterna, desde ya, en sus días de vida por la tierra y hasta que entre

de lleno en su ultimo día a su nuevo lugar celestial, en el cielo. Por
todo 
ello, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas tengan por siempre 
por su gozo infinito de sus corazones, cuando se encuentren ante la 
presencia del enemigo que se acerca a ustedes con grandes maldades y 
trampas eternas, de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles 
caídos, para hacerlos tropezar y así caigan en su mal eterno. 

Pero Todopoderoso es nuestro Creador y las multifunciones de los poderes 
sobrenaturales de sus dones celestiales, para salvaguardarlos de cada una 
de las artimañas de nuestro enemigo eterno, por muy pequeñas o grandes que

sean todas ellas en contra de cada uno de nosotros, en la tierra y hasta
en 
el más allá, también. Realmente, Jesucristo ya las venció cada una de
ellas 
con su misma sangre santísima en su vida y sobre la cruz de los árboles 
secos y sin vida de Adán y Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las 
afueras de Jerusalén, en Israel, por ejemplo, para que ningún mal jamás 
triunfe eternamente en sus vidas. 

Por esta razón, sean por siempre pacientes ante su Padre Celestial que
está 
en los cielos y que lo ve todo desde su trono, para enviar a tiempo su 
ayuda hacia cada uno de ustedes en la tierra, con los poderes 
sobrenaturales, de los dones de su Espíritu y las huestes poderosas en 
batalla, de sus ángeles celestiales, por ejemplo. Es decir, que nuestro 
Dios tiene toda clase de bendiciones y de ayudas sobrenaturales, para 
defenderlos de los males del pecado, de Lucifer y del espíritu de error,
en 
la gente de mentira y de gran maldad infinita, y hasta también les ha de 
salvaguardar de los poderes del infierno, el mundo de los muertos eternos,

el lago de fuego. 

Es por eso, que es muy bueno que sus corazones esperen por su Dios,
siempre 
confiando en sus poderes y autoridades de gran poder de su Espíritu y de
su 
nombre glorioso, de gran amor y de salvación eterna, su Hijo, ¡el Señor 
Jesucristo!, en sus corazones y en sus vidas de siempre, en la tierra y en

el paraíso. Sabiendo siempre en sus corazones que la prueba de su fe, 
realmente, ha de producir paciencia en abundancia en su día y en su 
momento, sin más demora alguna. 

Porque ciertamente saben en sus espíritus humanos (y lo sienten así), de 
que tienen un Dios Grande en batalla, y que jamás ha sido derrotado por la

gente de mentira ni por sus dioses de gran maldad del más allá, como 
Lucifer y como sus huestes de las profundas tinieblas, del mundo de los 
muertos, el infierno, por ejemplo. Es por eso, que con la paciencia del 
Espíritu y de sus dones sobrenaturales obrando en cada momento de sus 
vidas, por medio de sus corazones, en sus alabanzas, ruegos, suplicas, 
intercesiones a Dios, por ustedes mismos o por los suyos, en el nombre de 
Jesucristo, entonces Dios ha de responderles, aunque no se den cuenta de 
nada, al momento. 

En verdad, Dios mismo ha de obrar maravillas, milagros y grandes prodigios

en los cielos y en la tierra, para bendecir sus vidas a tiempo (y fuera de

tiempo), en nuestra virtud cristiana, para gloria y para honra infinita de

su nombre y de su gran redentor de sus almas eternas, su Árbol de vida, su

Hijo, ¡el Señor Jesucristo! Porque mayor gloria para el corazón de Dios, 
como para el corazón de su Espíritu Santo y de sus ángeles, como los 
corazones de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad 
entera, también, no hay otra igual que no sea único salvador eterno, el 
Hijo de David, el Cristo ¡el Señor Jesucristo!

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es 
contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre
del 
Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran,

Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra 
santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, 
Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad 
de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la 
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta

del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin
en 
tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el

fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus

días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te 
seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del

infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el 
fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el

Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu
fe 
en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la 
presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales 
en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad 
del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día 
honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has

sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, 
cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, 
cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y
cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la 
tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el 
reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso 
de Israel y de las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, 
para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en
el 
cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la 
antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que 
esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de 
la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo
soy 
Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre 
los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me
aman 
y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque 
Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis 
días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para

Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu 
hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está 
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la 
tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. 
Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se 
prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la

mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno,
ni 
cosa alguna que sea de tu prójimo". 

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males 
en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. 
Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la 
vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres 
de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en
ésta 
hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el 
poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han

llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo 
sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males 
en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en
cada 
nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. 
Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la
siguiente 
oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, 
nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: 

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu 
nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea 
hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan 
nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también

nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas 
líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos 
los siglos. Amén. 

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial 
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, 
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la 
VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY! 

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS 
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su 
MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día 
por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea 
tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR 
SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y 
necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y 
ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a
Cristo 
a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador?  ¿Sí _____?  O ¿No _____?

¿Fecha? ¿Sí ____?  O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva 
maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando

todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU 
SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo 
donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos
que 
los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden 
leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la 
Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes

temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a 
las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros
están 
a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de

Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te 
goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences
a 
crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén 
día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, 
desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas 
nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos

dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman.
 
Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios,
Jerusalén". 
Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, 
siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el 
cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. 

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a 
toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, 
alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es,
de 
toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su

voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios,
en 
la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad.



http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%
20/// 




http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx




http://radioalerta.com




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